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miércoles, 5 de agosto de 2009

EXTREMOS

Autor: Patricia Teullet
Texto tomado del diario Perú 21
04 de julio de 2009

Al iniciar su gobierno, el presidente García anunció que propondría reinstaurar la pena de muerte para violadores de menores que hubieran causado la muerte de la víctima. Muchos meses y muchas páginas de diarios se dedicaron a la discusión, en la que la mayor parte de la población tomó posición más o menos apasionadamente. El único resultado concreto de este planteamiento fue que se logró distraer la atención de asuntos más urgentes. A poco tiempo de que, con su pragmatismo y frescura habitual, PPK propusiera legalizar la marihuana, el flamante (pero ya percudido) ministro del Interior ha anunciado su intención de penalizar la posesión de drogas. Siendo miembro de la Policía (y no un observador ingenuo y bienintencionado), sabe que la propuesta es inviable y solo conduciría a abusos. Mientras matan impunemente a policías, él busca derivar las discusiones sobre la crisis de su sector a un asunto irrelevante. ¡Inaceptable!

LA LEY Y LA TRAMPA

Autor: Fernando Berckemeyer
Texos tomados del Diario Perú 21
05 de julio de 2009

Resulta curioso cómo detrás de los constantes reclamos de las comunidades campesinas y nativas alrededor de las inversiones privadas en sus tierras hay un fondo esencialmente capitalista. Cuando uno dice “otros se están llevando la riqueza de mis tierras”, uno está básicamente defendiendo la (su) propiedad privada, que, desde Roma, implica que los frutos de sus bienes también pertenecen al propietario. Pero no acá, donde una ley contranatura separa la propiedad del subsuelo (entregada al Estado) de la del suelo, convirtiendo así a las comunidades (que suelen tener tierras difíciles, pero abundantes en minerales, petróleo o gas) en los seculares y mayores expropiados de nuestra historia.
Como toda intrusión estatal en la propiedad, esta norma crea distorsiones en el comportamiento económico y trabas para la generación de riqueza.
La razón es muy simple. La propiedad sirve para hacer que recaigan sobre una misma cabeza todas las consecuencias de las actividades que ocurren sobre un bien: si este se destruye, el propietario es quien pierde lo que vale; si produce algo, quien lo gana; si hacerlo producir cuesta, a quien le cuesta. Ello da los incentivos para que haya siempre alguien personalmente interesado en que los bienes sean dedicados a sus usos más eficientes –es decir, a producir lo mayor posible al menor costo– y que, por tanto, se genere más riqueza.
Todo lo que rompe este sistema de incentivos afecta las probabilidades de que actuemos buscando no desperdiciar nada (ni siquiera posibilidades) en los bienes. Así, por ejemplo, si yo sé que los resultados de la explotación minera bajo mi tierra son para una empresa que no me pagó a mí sino al (encima inepto) Estado, lógicamente tenderé a oponerme a esta explotación de la que me van a llegar directamente sobretodo los costos, aunque ella sea por lejos el uso del bien más enriquecedor para la sociedad. Por otro lado, si nunca tengo que ver por mí mismo cómo hacer que esos recursos que esconde mi subsuelo efectivamente valgan, no tengo cómo descubrir lo que, por ejemplo, los supuestos beneficiados de la Reforma Agraria aprendieron tan duramente: que la riqueza no es algo que está simplemente ahí, en la naturaleza, esperando ser recogida, sino que tiene que ser creada en ella a punta, además de trabajo, de tecnología, capital, ingenio y conocimiento.
Podemos darnos una idea de lo que esta distorsión legal causa a nuestra economía viendo el sobrecosto que supone la inestabilidad social y la persistente pobreza de quienes con otro marco, hace tiempo, serían texanos ricos.
Puede que sea verdad que, como dice el refrán, “hecha la ley, hecha la trampa”. Pero ocurre también muchas veces, como en esta, que la ley es la trampa.

miércoles, 29 de julio de 2009

Para pensar la crisis

Autor: Guillermo Giacosa
Textos tomados del
Diario Perú 21
28 y 29 de julio de 2009

A la larga, lo más grave de la crisis será la ligereza para juzgarla o los artificios para ocultarla. Hay opiniones que constituyen un insulto a la inteligencia pues se expresan como si no se hubiese producido una catástrofe o como si ese hecho nada tuviera que ver con los modos con los que venía operando el sistema económico. Esa negación, que es una expresión de inmadurez emocional y política, puede acarrear dramáticas consecuencias pues invita a que los sucesos que nos llevaron al estado actual se vuelvan a producir. Pareciera que, cuando el bolsillo es el afectado, la racionalidad termina en una vía muerta. En lo personal, quisiera estar equivocado cuando mis opiniones anuncian que el porvenir no será todo lo bueno que uno quisiera. No obstante siento que es obligación de todos los que tenemos el privilegio de publicar nuestros puntos de vista en un medio, la de ser fieles a la objetividad y devotos del pensamiento crítico. Las racionalizaciones destinadas a calmar los ánimos quedan a cargo de los políticos. Los periodistas a lo suyo, que es plantear lo más descarnadamente posible los datos que la realidad nos entrega y recopilar, si es posible, las opiniones más autorizadas y, sobre todo, ajenas a intereses partidarios o económicos, relativas a esa realidad.

Por ese motivo, me ha entusiasmado una reflexión que acaba de publicar la BBC y que puede ser útil como lectura de estos días de Fiestas Patrias. La he resumido sin alterar, al menos conscientemente, nada que refleje el espíritu de este escrito.

Bajo el título 'Cinco consecuencias filosóficas de la crisis’, la BBC expresa: “La actual crisis económica no se limita a una cuestión de estadísticas, ni se reduce al devastador impacto social del desempleo y la incertidumbre. Con la debacle mundial, hizo agua una particular visión del mundo que pareció dominante e irreversible con la caída del Muro de Berlín. Esta visión se cristalizó en algunas frases famosas como 'el fin de la historia’, de Fukuyama; 'la sociedad no existe’, de la primera ministra británica Thatcher, o los 10 mandamientos del consenso de Washington que impulsaban la liberalización-desregulación-privatización global”.

El nuevo dogma tras la derrota del comunismo era: todo el poder al sector privado, el mercado como medida de racionalidad económica y utopía, y el individualismo más descarnado como principio ético ordenador. Con la debacle económica, esta visión del mundo también entró en crisis y BBC identificó cinco consecuencias filosóficas: “1) Filosofía política y económica: La ley de la oferta y la demanda ejerció un reinado absoluto en la formulación de la política económica de las últimas tres décadas.
Según el pensamiento clásico, la oferta y la demanda funcionan como un perfecto sistema homeostático (autorregulado) que tiende al equilibrio perfecto y cuenta con un regulador infalible: el precio.

A mucha demanda y poca oferta de un producto, el precio sube hasta alcanzar la suma que el mercado puede pagar por ese bien”.

Del artículo de la BBC publicado ayer, lo último era: “La ley de la oferta y la demanda ejerció un reinado absoluto en la formulación de la política económica de las últimas tres décadas. Según el pensamiento clásico, la oferta y la demanda funcionan como un perfecto sistema autorregulado que tiende al equilibrio perfecto y cuenta con un regulador infalible: el precio. A mucha demanda y poca oferta de un producto, el precio sube hasta alcanzar la suma que el mercado puede pagar por ese bien”. Y agregaba: “A la inversa –poca demanda, mucha oferta–, el precio disminuye hasta que alguien lo adquiere, convencido de que no lo va a encontrar más barato. Ni el Premio Nobel otorgado al economista Joseph Stiglitz por su investigación sobre el papel que la información cumplía en este mercado –la información que tenían los miles o millones de integrantes de un mercado particular no era perfecta y, por tanto, el precio reflejaba otras variables– destruyó esa confianza ciega en este funcionamiento autorregulado. La premisa teórica era esta: ¿qué mejor que desregular todo y dejar que el mercado se encargue de los equilibrios económico-sociales? Pero, al parecer, la realidad económica está llena de fenómenos impredecibles. En las llamadas burbujas, como la inmobiliaria de las hipotecas 'subprime’ que desató la actual crisis, ¿dónde está el mecanismo autorregulador del mercado? ¿Reflejaba el precio de la propiedad –siempre al alza– la situación de la demanda y la oferta? La conclusión más obvia es que demanda, oferta y precio forman parte de un mecanismo económico-social infinitamente más complejo que esa simplificación que se ha aplicado durante tanto tiempo”.

Luego, la BBC aborda otro punto: 2. Crisis del racionalismo de mercado. Las preguntas anteriores ponen en duda una premisa fundamental de la ley de la demanda y la oferta: el racionalismo de los mercados. El ser humano busca la racionalidad económica y filosófica desde hace mucho tiempo. La planificación económica que hizo furor después de la crisis del 29 y de la posguerra buscó sintonizar la producción y el consumo con las necesidades de una sociedad. Con el derrumbe del comunismo, el mercado se impuso como única lógica global. Según esta ideología, el mercado era racional y eficiente para asignar recursos, tanto en el ámbito laboral como productivo y financiero. La debacle mostró que el mercado tiene la misma dosis de irracionalidad, capricho e imprevisibilidad que cualquier individuo o grupo humano. Lo que nos enfrenta a un problema inquietante: si los mercados o el Estado no son la base de un funcionamiento socioeconómico racional, ¿quiere decir que estamos a merced de los elementos?

3. Consecuencia axiológica: teoría de los valores. Esta aparente contradicción se complementa con una crisis de fundamentos éticos. Desde los años 80 y, en particular, con la caída del Muro de Berlín, se impuso un individualismo a ultranza que se basaba en una teoría del egoísmo como valor organizador ideal de una sociedad.

domingo, 19 de julio de 2009

Promesas... promesas... promesas...

Diario Perú 21
Autor: Fritz Du Bois
19 de julio de 2009

A pocos días de cumplirse el tercer año del gobierno de Alan García, uno tiene la impresión de que va camino a un resultado final que va a parecer 'espejo’ del de Toledo, es decir, se verá igual pero en sentido inverso. En el caso del oriundo de Cabana, su mandato fue de menos a más. Los primeros tres o cuatro años estuvieron marcados por permanentes escándalos y fue recién al final del gobierno que logró estabilidad en el manejo. Incluso una de sus decisiones más acertadas fue aislar su administración de las presiones partidarias para aumentar el gasto durante el proceso electoral nombrando como premier a un independiente como PPK.

En el caso del gobierno de Alan García parece que va en sentido opuesto –de más a menos–, ya que los primeros dos años la economía creció fuertemente y en general el país vivió un período de entusiasmo. Pero el impulso se viene perdiendo desde hace buen tiempo, no solo por efectos de la crisis internacional sino también por el mal manejo interno, y en vez de abrirse a independientes se está cerrando cada vez más en sus partidarios. Ante este escenario, haría bien el presidente en revisar algunas de las promesas electorales que ha olvidado.

Así tenemos que ofreció reformar el régimen presidencial para que el jefe del Estado se ocupara –a la francesa– de los grandes problemas nacionales y el primer ministro ejerciera las funciones de jefe de gobierno o del Poder Ejecutivo. Sin embargo, está haciendo lo contrario a lo ofrecido y ahora tenemos a un premier que ha devaluado el cargo al considerarse simplemente un coordinador de los mandados presidenciales.

Asimismo prometió que desaparecería la publicidad estatal (incluso estaba entre los grandes ahorros para financiar el plan de acción inicial), lo cual fue muy bien recibido por los contribuyentes por la irritación que causa ver nuestros impuestos desperdiciados en levantar la popularidad del gobierno de turno. Pero no podía ser cierta tanta belleza y ya cayó en el mismo vicio que Toledo, tratando de revertir la caída en la imagen presidencial con costosos spots pagados con nuestro dinero.

Finalmente, para un gobierno que confunde el desarrollo de un mercado eficiente y competitivo con el ser pro empresario –que dependiendo de qué empresario está al lado puede resultar siendo exactamente lo contrario, basta ver las leyes con nombre propio que se han estado promocionando– hubiera sido fundamental cumplir con la promesa de vender las acciones de las empresas públicas en la bolsa. Lo cual hubiera, al menos, garantizado transparencia en el manejo empresarial del Estado.

En realidad, ante el preocupante horizonte de los próximos dos años que con la actual tendencia serán los peores del mandato, de haber cumplido esas promesas habría un blindaje contra presiones partidarias, ya que el gobierno tendría menos capacidad de intervenir en el mercado, no contaría con recursos para campañas proselitistas pagadas por todos los peruanos y el gabinete sería dirigido por un jefe de gobierno.